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TINUS
Florentino Diez
Ingeniero White - REPUBLICA ARGENTINA
Soy eminentemente tanguero.
Jubilado Bancario
Nací el 16 de octubre de 1935
MI ESPOSA: Ángela Ventura
MIS HIJOS: Claudio Aníbal y Andrea Claudia
MIS NIETOS: Leandro Matías, Hernán Maximiliano, Braian Gabriel y Agustín Emiliano.


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Últimos comentarios de este Blog

14/04/15 | 23:06: Chalo Tascheret dice:
tengo 78 años y muchos ha que no tenia todo el texto de este magnifico poema , sabia parte de el , pero tratare de memorizarlo todo y guardarlo en mis muchos lindos recuerdo que guardare en mis memorias ,,,,,, gracias
17/11/14 | 02:01: luis oscar dou dice:
tengo 83 años y, aunque se de que trata el poema, hay una parte de la letra que recuerdo y no la encuentro en esta versión que dice: no silbes Lisandro, no ves que tus silbos parecen aullidos de perros. Recuerdos vagos de mi adolescencia.
23/09/14 | 19:40: Gladys B. Alarcon dice:
Linda poesia. Supe de ella por un grupo de amigas argentinas con quienes compartimos el gusto por los libros, la poesia, la pintura, en fin ARTE. La pagina: La Magia de la Lectura en Facebook. Lo invitamos. Tanguera de escuchar tangos desde que estaba pequenia. Me encanta la musica y lo invito a la pagina Musica de ayer de hoy y de siempre. Ecuatoriana viviendo en USA hace poco. Tambien jubilada, con 2 hijos y 1 hija, 3 nietas, 1 nieto y 2 bisnietas. Saludos.
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Este espacio estará dedicado a notas de cultura general, pero con inclinación a la música nacional, entendiendo como tal el tango y el folklore


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EL FOLKLORE ARGENTINO



EL FOLKLORE ARGENTINO

por Homero Manzi (Copiado al amigo Ángel Yonadi)

El folklore argentino es un tesoro desparramado por los campos, despreciado por las clases cultas del litoral, pero acunado con amoroso acento por las gentes humildes de la campaña. Mientras Buenos Aires, abriendo cada día mas su puerta a la entrada del alma ajena, desoía las voces de la tierra, mientras la pericia de la ciencia oficial creaba un gusto extranjero y arbitrario, mientras los puertos recogían las voces confusas que llegaban de ultramar, pocos eran los espíritus que en lo musical, pegaban el oído a la tierra con reconcentrada actitud de rastreadores.
La música de la ciudad estaba trazada sobre el pentagrama oscuro de las pasiones humanas. En cambio, la música de nuestro campo estaba conformada sobre la naturaleza. Con excepción de la vidala, canción cuya universalidad habrá de consumarse un día, todas las expresiones musicales del folklore norteño trasuntan las formas del paisaje y animan sus movimientos en la fuerza de la naturaleza. La música del
campo es objetiva, la de la ciudad subjetiva.
En la ciudad, los bandoneones lloran a cuenta de la pena del hombre. En el campo, las arpas y violines rústicos hablan con la voz del viento, trinan con los pájaros y mueven sus ritmos con el rudo compás de las bestias en galope o con la hamacada euritmia de los pastos castigados en el vaivén de los vientos.

El santiagueño ama en primera instancia a su tierra, tiene una patria chica para ubicar su corazón. Conoce su cielo, abierto y celeste durante el día cuando apenas lo transitan el sol y las majaditas de nubes blancas, oscuro y profundo en la noche, cuando los tachonan los tucu-tucu inmóviles de las estrellas.
Conoce sus ríos madres que traen el pan en las entrañas, conoce sus montes, intrincados, misteriosos, aguerridos, conoce la tremenda ansiedad de sus sequías, ejemplo bíblico que le afirma la sobriedad y conoce el terror de sus tormentas calientes, cuando braman los huracanes del sur y del norte cargando, sobre los lomos enfurecidos, nubes negras que desparraman la bendición del agua. Por eso la voz
del folclore santiagueño tiene la sinceridad del testimonio cultivado en largo trance de amor.

Buenos Aires vive sorda a la belleza que destila este polo
mediterráneo en la silenciosa colmena de su vida espiritual.
La gran ciudad del Plata, enceguecida de orgullo por las caricias de la gloria material, no sabe que lejos de ella, hay argentinos que aparentan las majadas de la leyenda. Las canciones de la tierra volverán a nutrirnos de savia auténtica y en la voz de las vidalas reconoceremos el arrullo de la urpila, despenadora impenitente de las tardes, cuando se abren en colores pálidos las flores del cardon y reconoceremos en cada danza, en cada ritmo, un pedacito del
paisaje agreste donde ponen adornos los algarrobos, donde adelantan cuchillos de espinas los vinales, donde corren y revientan los ríos para secarse luego, donde cantan las hachas mordiendo las carnes duras del quebracho, donde pastan las majadas, donde se clavan las puntas del arado, donde galopan los caballitos criollos, donde ladran perros inverosímiles, donde se sufre, se trabaja, se ama, se baila y se canta.

Alguna vez, alguien que sea dueño de fuerzas geniales, tendrá que realizar el ensayo de la influencia de lo popular en el destino de nuestra América, para recién entonces poder tener nosotros la noción admirativa de lo que somos. Esta pobre América que tenía su cultura y que estaba realizando, tal vez en dorado fracaso, su propia historia y a la que de pronto iluminados almirantes, reyes ecuménicos, sabios cardenales, duros guerreros y empecinados
catequistas, ordenaron:
¡Cambia tu piel!
¡Viste esa ropa!
¡Ama a este Dios!
¡Danza esta música!
¡Vive esta historia!.

Nuestra pobre América que comenzó a correr en una pista desconocida, detrás de metas ajenas y cargando 15 siglos de desventaja, nuestra pobre América que comenzó a tallar el cuerpo de Cristo cuando ya miles y miles de manos afiebradas por el arte y por la fe, habían perfeccionado la tarea en experiencias luminosas, nuestra pobre América que comenzó a rezar cuando ya eran prehistoria los viejos testamentos, y cuando los evangelios habían escrito su mensaje, cuando Homero había enhebrado su largo rosario de versos y cuando
el Dante había cumplido su divino viaje.

Nuestra pobre América que comenzó su nueva industria, cuando los toneles de Europa estaban traspasados de olorosos y antiguos alcoholes, cuando los telares estaban consagrados por las tramas sutiles y asombrosas, cuando la orfebrería podría enorgullecer su pasado con nombres de excepción, cuando verdaderos magos, seleccionando maderas con cavidades y barnices, sabían armar instrumentos de maravillosa sonoridad, cuando la historia estaba llena de guerreros, el alma llena de místicos, el pensamiento lleno de filósofos, la belleza llena de artistas y la ciencia llena de sabios. Nuestra pobre América, a la que parecía no corresponderle
otro destino que el de la imitación. Todo estaba bien hecho, todo estaba insuperablemente terminado ¿para qué nuestra música? ¿para qué nuestros dioses? ¿para qué nuestras telas? ¿para qué nuestra ciencia? ¿para qué nuestro vino? Todo lo que cruzaba el mar, era mejor, y cuando no teníamos salvación apareció lo popular para salvarnos, creación de pueblo, tenacidad de pueblo.

Lo popular no comparó lo malo con lo bueno, hacía lo malo y
cuando lo hacía creaba el gusto necesario para no rechazar su propia factura y ciegamente, inconscientemente, estoicamente, prestó su aceptación a lo que surgía de símismo y su repudio heroico a lo que venía desde lejos. Mientras tanto, lo antipopular, es decir, lo oculto, es decir lo perfecto, rechazando todo lo propio y aceptando
todo lo ajeno, trababa esa esperanza de ser que es el destino triunfador de América.
Por eso yo, ante ese drama de ser hombre del mundo, de ser hombre de América, de ser hombre argentino, me he impuesto a la tarea de amar todo lo que nace del pueblo, de amar todo lo que llega al pueblo, de amar todo lo que escucha el pueblo.


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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
24/08/12 | 10:57: Roberto Arnoso dice:
Es muy bueno todo lo que he leído hasta el momento. Quisiera hacer una consulta, me dijeron que había un monologo de Homero Manzi hablando frente al espejo. Me podrian informar si existe y como conseguirlo. Garacias y sigan así
conelosocho@adinet.com.uy
 
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